Hoy era el cumpleaños de mi mejor amigo, un chico que siempre estuvo ahí para mí, me entendió y sufrió conmigo cada momento oscuro, pero que hoy se encuentra frío y bajo tierra.
Mi mejor amigo y yo nos conocimos en mi primer intento de suicidio, mejor dicho en el hospital en cual me internaron. Jamás me ha gustado quedarme acostada cuando estoy enferma y cada cierto tiempo daba vueltas en el pasillo del piso, hasta que en una de esas vueltas se me acerco y comenzó a hablarme de la nada. Recuerdo que al principio me pareció extraño eso, pero poco a poco le tomé confianza.
En esa época se usaba mucho MSN; intercambiamos los correos y seguimos hablando. Hablamos de todo. Cuando recuerdo las conversaciones me pregunto de donde sacábamos tantos temas de conversación. Creo que la conversación que más me sorprendió fue cuando me dijo como terminó en el hospital; su hermano mayor vendía droga y el le robo parte de lo que vendía, comenzó a consumir y le gustaban la sensaciones. El problema es que un día se tomó más de la dosis normal, perdió la consciencia y cuando se despertó estaba en el hospital.
También me dijo que era gay, pero no me perturbo tanto como lo otro, entonces le conté mi historia. “Hagamos una promesa, así ninguno volverá sufrir, si tú no te cortas más, yo dejaré de meterme drogas” fue lo que me dijo, luego de que le contase mi historia, y así comenzó nuestra rara amistad. Sí, digo que era rara nuestra amistad, me encantaba así, jamás hubiera cambiado nada.
Éramos muy random. Pasaron los años y siempre estuvimos ahí para el otro, recuerdo que un mes antes de su muerte le pregunté por qué me hizo prometer que no me cortaría, su respuesta fue que había algo especial en mí. Sigo buscando qué es.
Cuánto me gustaría que esta historia tuviera un final feliz, mas no la tiene. La promesa que hizo se rompió y volvió a caer en la drogas para olvidar los problemas que tenía en el colegio, problemas que a nadie contó y que sólo quedaron impresos en un carta dirigida a mí.
Se suicidó, no soportó la presión y no quería ayuda. No me gusta recordar lo último, me gusta recordarlo antes de eso; como siempre se emocionaba si hacía torta, como su risa tan sincera, esa inocencia de niño que poseía.
Creo que ya las palabras se quedan cortas, no queda más nada que decir, excepto: Feliz cumpleaños, Daniel, espero que me perdones porque yo también rompí la promesa después de tu muerte, te quiero mucho y te extraño cada día. Por favor, cuídame ahora que eres un ángel.